Jorge Valdano, probablemente a través de Borges, conocerá
quién escribió esta frase: “Se destruye aquello que se ama”. Es la sentencia que Oscar
Wilde, si viviera para el fútbol, sabría aplicar a Jorge cuando, tras haber ganado
dos Ligas consecutivas como jugador del Madrid, le dio dos al Barça como
entrenador del Tenerife. Un destino caprichosamente simétrico alimentaba, el
último día, la tragedia. El hecho era que no se podía dudar de su madridismo
como no se podía dudar de su profesionalidad. Valdano, preso del vértigo de las
palabras, llegó a comentar: “Espero devolverle un día al Madrid lo que le he
quitado”. Luego repitió en 100 o 1000 ocasiones (las veces que muere un cobarde, según
el Julio César de Shakespeare) que se había equivocado. “Los partidos los ganan
los jugadores no los entrenadores”, adujo. Pero la frase se nos quedó grabada,
tal vez porque los madridistas somos propensos a que la grandeza de las citas
engorde nuestra épica, una inútil épica de frases y recuerdos tan
española y caducada como Guzmán el Bueno (otro que hubiera matado lo que amaba). Tal vez porque venimos de una Edad de Oro irrecuperable e irrepetible inmersa en una política de Hierro cuya
inextricable y vergonzosa relación la periferia no nos perdona.
Un año y medio después de su vuelta a
casa, la sentencia de Wilde volvía a cobrar sentido, aunque inverso. Con una
Liga ganada pero en plena crisis de resultados, Valdano era despedido. Muchos
sentimos que no se le había dado la menor oportunidad. Las dos temporadas habían
sido ferozmente antisimétricas: de la ilusión se había pasado al conflicto. A
este cambio de tendencias no eran ajenos los diarios deportivos (“Uno está
indefenso ante las empresas periodísticas”). El entrenador pasó de ser
beneficiario de ellas a ser su víctima. También recayeron sospechas sobre sus
propios jugadores y aunque él afirma que no hubo conspiración (“me deja más
tranquilo”, señala) el resultado fue el mismo. El cese de un hombre que quiso y
supo alimentar el mito del madridismo, de la camiseta blanca como
estandarte, de vestirla como un honor; una exageración tal vez pero una
exageración necesaria y terapéutica. El cese de un hombre que buscaba levantar el club con palabras, imágenes y sobre todo intenciones de juego. Así, la institución Real
Madrid mataba aquello que le amaba (y que muchos aficionados amábamos).
Lo cierto es que Valdano había
llegado al Madrid con tres heridas que le fueron arrojadas a la cara desde las
pintadas de los Ultras Sur: Como entrenador del Tenerife se había portado como
un traidor. Era sudamericano. Y se consideraba, por último, “un hombre de
izquierdas”. Las heridas de la vida, de la muerte y la del amor. Ya estaba
demonizado, solo había que esperar resultados y puntos. Y punto. A esta
situación de interinidad contribuyó no poco el escaso feeling que reconoce en
sus relaciones con la directiva, llenas de malentendidos y vacías de
comunicación
El Madrid que le aguardaba ya estaba
sumido en un proceso de autodestrucción, con una viveza que contradecía
sus fines. Valdano habla “de una situación casposa”, que no se iba a corregir
sino acentuar con su destitución. Señala que la crisis del club es sobre todo
estructural y se presenta en tres frentes: No existe un proyecto (“el discurso
interesa muy poco”), hay un grave problema económico y la institución está
caduca. “Es el Kremlin, el Jurásico; es un club que tiene corroídos los
cimientos”. Valdano ejemplifica esas carencias en el partido de la Liga de Campeones contra el Juventus, el más importante de los últimos dos años. “Los directivos
estaban situados en el peor sitio del campo y los aficionados fueron molidos a
palos”. El ex entrenador resume, para nuestro pesar: “Muchas de las virtudes
que pertenecían al Madrid ahora son del Barça”. Califica el presente como “invendible”,
por eso se vende el futuro. “Se fichan antes jugadores que entrenador y por
nombre, no por una idea. Todo está al revés”. También la Liga de este año. Por
eso el Papa aparece en Lo + Plus vestido de rojiblanco
Valdano casi sin querer ofrece
otra clave, la ligazón entre las ciudades y sus equipos: “Se juega como se vive”.
En esta urbe paroxística, animada por la crispación desde la radio de todos los
taxis, en todos los atascos de la Castellana y de Chamartín, cuna y trono de Mario
Conde, degrada y degradante, vieja y agotada, agoniza su equipo más señero. Este
proceso de suicidio que vive el club tiene puntos de contacto con el que vive
un jugador al final de su ciclo. “Es muy difícil que un jugador asuma ese
momento; incluso cuando lo asume, no lo reconoce. Es el entrenador el primero
en darse cuenta; el jugador es el último”. El paralelismo con la crisis de la
institución blanca llega a ser hiriente y no ha demostrado, como Butragueño, su
jugador más emblemático, “grandeza para afrontar la situación”.
Pero hay que dejar que el aficionado
sueñe. Al contrario que otro lamentable titular del Marca (“Este sueño se acabó”)
ningún sueño acaba nunca. Y Valdano nos ha dejado a Raúl, “una de las
apariciones más importantes del fútbol europeo”. “Un chico muy especial,
alguien que cree en sí mismo hasta la insolencia, un líder que no está
respetando los plazos, un recién llegado que se come el vestuario”. Y viene con
otros cuatro jóvenes que pueden ser jugadores del Real Madrid: García Calvo,
Guti, Álvaro y Contreras. “Son la antítesis de la Quinta del Buitre por su
fortaleza mental”. Hasta que con estos u otros nombres vuelva a nuestro momento,
la actitud del aficionado debe ser, como dijo una vez Javier Marías, “meterse
las manos en los bolsillos y silbar con indiferencia”. Con chulería. Esperando
que el Madrid deje de ser virtual y vuelva a ser Real.