domingo, 1 de marzo de 2020

Quiteria y Aurora


Mi familia presume de ilustres antecesores, que veo varados entre la leyenda y la crónica: aquel canónigo de la Catedral de Cuenca, un diputado en las Cortes de Cádiz, el alcalde monárquico a quien recibieron los reyes, un seminarista de abortado ascenso a beato o la poetisa multidisciplinar con plaza en Madrid.

Pertenecen todos a la rama materna, llevan los afrancesados apellidos Page y/o Auñón. En la García paterna, mucho menos habladora, hay que conformarse con el abuelo Doroteo que fue alcalde durante la República y sobrevivió a la carta de ajuste.

Entre ellos, según mi parecer no compartido, destaca una mujer a quien no llamo loca ni visionaria, sino heroína. Los parientes más viejos aún le reprochan que le encantara leer, que se perdiera en los libros y olvidara realizar las tareas de la casa. Es la tía Quiteria, hermana de mi abuela, nacida en Albalate de las Nogueras.

Si la comparamos con los favoritos de mis primos, no hay color. Derrota al preboste catedralicio porque no buscaba estabilidad ni futuro sino solo vivir un instante. No tenía una motivación política sino emocional y directa, a diferencia del cargo electo. Su objetivo no estaba en Alfonso XIII ni en Victoria Eugenia sino en un personaje sin apenas historia.

Porque no fue una doble víctima sino la firme protagonista de sus actos, supera al seminarista asesinado. Aun con todo mi cariño hacia su hija, luego escritora, actriz y profesora, no llevó a cabo unos esbozos, ni interpretó nada, no dio una lección; compuso una realidad.

Aunque amplíe el foco, su figura no desmerece frente a ningún figurón o figurín porque su desempeño fue el amor.

Lo escribiré de una buena vez: Avanzada la Guerra Civil, Quiteria se puso en marcha hacia el frente de Teruel, desatendiendo todos los consejos. Con su hija de un año, siguió la polvorienta carretera, a veces en camión, otras en carromato y andando las más, según el azar dispusiera. Cuando llegó a destino, recorrió las líneas a pie, preguntando por su nombre, por su hombre, hasta que dio con él. Porque quería que volviese a ver a su niña, porque quería compartir una noche con su marido, que no sabía si sería la última.

La pasó y volvió al pueblo con su pequeña Aurora.

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